














Sonreír
Buenos días, me acabo de levantar, he besado a mis hijos, a mi mujer y me han sonreído. Duchado y desayunado, he llevado a mis hijos al colegio, he saludado a un par de amigos y me han sonreído. Vamos bien. Al llegar al despacho y saludar a Chón, también me ha sonreído. He entrado en mi despacho y ya solo, he sonreído. Algo bueno me pasa cuando los míos, mi entorno y mi trabajo me sonríen. Estoy sano y sonrío, tengo un trabajo y sonrío, visito a un cliente y sonrío, vuelvo de vacaciones y sonrío (juraría que no me he vuelto idiota). Es cierto que la Prensa no me sonríe a menudo -a excepción de la sección de deportes-. Es evidente que no me río de los millones de parados y miles de empresas en quiebra o en suspensión de pagos, ni me río de la política internacional, pero es cierto que si no le ponemos un tono más alegre a esta situación, mal vamos. Una amiga mallorquina vecina de mi edificio (ha vivido en todas partes y me consta que ha elegido finalmente Barcelona con cariño), me dice que nota la falta de espíritu y un fatalismo latente en todas las conversaciones. Será que la crisis por fin nos ha tocado el alma, nos ha arañado las ganas, la curiosidad, la motivación de darle la vuelta a la tortilla. La crisis está y podemos jalearla todo lo que queramos, podemos tomar el camino de la amargura y empezar el descenso a los infiernos. O podemos asumir la situación e intentar cada uno a pequeña escala revertirla, aunque sea revirtiendo el estado de ánimo. Yo, por si acaso, cada mañana voy a sonreír.